there are more stranger things

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3:53 p.m.



La ultimísima serie de Netflix, Stranger Things (Hnos. Duffer, 2016), convierte en un género las virtudes y los defectos estéticos de una década: los años 80. Más que con un argumento, su trama está tejida con referencias de películas, series, peinados, juguetes, máquinas, automóviles, publicidades y tics de esa época. El resultado es una historia diez mil veces contada pero que atrae no por ello, sino por la pátina de anacronismo que esa intertextualidad abrumadora le otorga. Es una forma pop de jugar el juego de Pierre Menard: no imitar lo que ET y Los Goonies ya contaron, sino escribirlo ahora a la manera en que se habría contado en esa época. El resultado es una serie que rinde culto excesivo (bordeando lo obsecuente) a una década y no por medio del hallazgo estético sino apelando más bien a la pura nostalgia. No digo que sea mala: gusta, gusta bastante. Pero el recurso de insistir en que todo es referencia se vuelve algo cansino y quizá puede provocar empacho al estómago que disfruta de la intertextualidad menos evidente.

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die antwoord o el rap joyceano

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7:41 p.m.



Hace poco menos de un mes fuimos a ver a Die Antwoord, un trío sudafricano que mezclan una enorme variedad de estilos para componer música que parece hip hop pero que no es enteramente eso. O al menos, sólo eso. En efecto, si uno se guiara por la imagen de Ninja y de Yo-Landi, podría suponer que nacieron y se criaron raperos gangsta en alguna villa de Cape Town. Pero lo cierto es que ambos vienen adquiriendo desde antes numerosas indentidades y, a lo largo de su carrera, se fueron metamorfoseando hasta convertirse en las criaturas que hoy (o al menos por ahora) conocemos.


Arriba: etapa MaxNormal.tv. Abajo: etapa Die Antwoord

Este detalle no resulta gratuito. De hecho, anticipa una pista acerca del método que despliegan estos artistas, método que trasciende lo meramente musical e invade el terreno de los nuevos medios. Vaya como ejemplo este fragmento:




A primera vista, parece una típica bravuconada de rapero que intenta imponer su estilo por sobre los otros miembros de su gremio mediante el alarde no sólo de su labia sino también de su fuerza. Este modo de expresión es muy común no sólo en el rap, sino en otras expresiones que tienen origen popular o  provienen de sectores marginales: en la payada y en el tango se puede rastrear este tipo de manifestación. El juicio estético, en primera instancia, puede detenerse en este nivel.

Sin embargo, hay otro nivel que juega en este rap y que tiene que ver con su fuente:




Es evidente que DJ HI-TEK RULEZ cita palabra por palabra la respuesta enfurecida de Mike Tyson. Hay varios procesos que se ponen en juego cuando se revela esta relación de intertextualidad. Por un lado, el rap apela a la figura épica del campeón de box como elemento que prestigia las palabras que utiliza, es decir, la serie de insultos. Por otro lado, el rap recicla las imprecaciones del boxeador y le otorgan cierto prestigio al concederle valor estético. Pero, a diferencia de la canonización que ejerce Andy Warhol, Die Antwoord devuelve la invectiva no a lo culto sino a lo popular. 




Esta claro que no hay nada de inocente en las metamorfosis de Watkin Tudor Jones y de Anri Du Toit. Como tampoco es casual que Die Antwoord cite la andanada de improperios de Mike Tyson sin mencionar la fuente. Este es un juego culterano que la música electrónica viene ensayando hace tiempo, pero que no es nuevo: se remonta a Joyce y, aún más lejos en el tiempo, a Rabelais, a Cervantes. Lo que sí es nuevo es que las citas circulen no ya sólo entre libros: una soberana puteada soltada en medio de una conferencia de prensa puede ser digna de rapearse con gran estilo.




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el extraño mundo de Jack

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11:55 a.m.


Imagen: http://www.thestateofthearts.co.uk/features/35927/




Room es la muestra de que el cine está comenzando a contar historias de un modo sui generis. En efecto, la gran metáfora de la película es el espacio: cómo hablar del mundo desde una celda. La cámara se encarga de componer esa metáfora asumiendo la mirada de Jack, quien no conoce más espacio que ese cubículo en el que nació y vivió durante cinco años. Así como Jack refiere lo desconocido mediante los pocos objetos familiares, así también la cámara nos enseña el microcosmos de su encierro. Y entonces, cuando Jack renace (o resucita) para entrar en la inmensidad del mundo, lo que vemos es la totalidad de lo desconocido: objetos borrosos, fragmentos indescifrables, sensaciones que se agolpan y transcurren a toda velocidad como los fotogramas de una cinta. Junto con Jack somos arrojados a lo extraño. Jack queda abrumado por lo indecible y nosotros -los espectadores, los testigos, los fisgones- quedamos abrumados por lo indiscernible.
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8 1/2 maravilla

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4:49 p.m.







The Hateful Eight es la muestra de las virtudes y los defectos de la obra de Tarantino. En efecto, la película suena como la obra de un extraordinario compositor de música de cámara que se encapricha en componer sinfonías: sobra demasiada orquesta para una composición que, de ser concisa (y aquí pienso la concisión como sinónimo de Reservoir Dogs), sería una obra maestra. A veces da la impresión de que Tarantino teme que su música no se escuche y entonces la sobrecarga de manera wagneriana a fin de concederle volumen. Es cierto que su exceso se ha convertido en estilo mediante este procedimiento. Aunque no me refiero a la exageración de la violencia o del sentido de la verosimilitud, joyas heredadas de las producciones clase B de los años 70, de la época dorada del VHS y (por línea más directa pero también más velada) del cine ultraviolento del joven Scorsese. Hablo más bien del exceso técnico que lo arrastra a construir una película con aires de grandiosidad visual pero con una mirada de director independiente. Pareciera que Tarantino renegara de sus tutores y jugara ser Leone. Y de este modo, su octava maravilla acaba convertida en un capriccio delicioso cuyo único pecado es el virtuosismo.


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the horror, the horror

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10:19 p.m.







1
Desde los viejos buenos tiempos se sabe que no se puede visitar el infierno sin un guía. Dante no ignoraba que sin la tutela de Virgilio nunca conjuraría con palabras los incesantes trabajos del infierno. La literatura siguió ese modelo y construyó la figura del aprendiz para narrar con ojos de inocencia los entretelones de un mundo despiadado. Fue Joyce en el siglo XX quien se encargó de separar al maestro de su discípulo en aquella célebre novela suya sobre el mundanal ruido y, desde entonces, la figura del alumno se ha dedicado a vagar por territorios desconocidos como un tonto o un extraviado. El cine se enamoró de ese huérfano. Lo dejó perdido mil veces en mil mundos despiadados: los mundos de la guerra, de la delincuencia, de la política, de la lujuria. Pero lo cierto es que este personaje componía un Virgilio disfrazado de Dédalus: eran los espectadores quienes en verdad oficiaban de Dante desde sus butacas inexpugnables. Ha sido el nuevo arte del videojuego el que ha venido a sacudir un poco esa posición imperturbable del espectador. Ya que, por obra y magia del gamepad, el personaje del juego se convierte en un avatar del jugador: de la pericia y de las decisiones de este dueño del poder del joystick depende la supervivencia del personaje. 


2
Sicario recoge este gran hallazgo. Convierte a Kate Macer en el avatar del espectador y no por mera identificación con su rol como se hacía antaño. No es ya el personaje sino la cámara quien obliga a participar al espectador. En efecto, ocupando perspectivas puntuales y limitadas (cámara en mano, cámara nocturna, planos secuencias que desvían la atención de los hechos centrales), la cámara asume la mirada y la creciente angustia de Kate Macer. Forzado por ese escorzo, el espectador se situa en la misma posición que el personaje y, desde entonces, ya no vuelve a sentirse inmune en su butaca. Crece en su interior la necesidad de hacer algo, de obrar sobre los hechos que se desarrollan fuera de su control y de su campo de conocimientos. Pero es impotente: tan impotente como la propia Kate.


3
Sicario no nos ofrece consuelo. Nos introduce desnudos en el horror, nos lo exhibe sin tapujos, nos deja mudos. Buscamos a un Virgilio que nos ofrezca una palabra para conjurar eso que no podemos (o no nos atrevemos) a nombrar pero lo que hallamos es, de nuevo, el horror, el horror multiplicado. Parece que descubriéramos de golpe que lo que nombrábamos hasta ese momento es en verdad cosa de otro mundo lejano, un mundo que nada tiene que ver con este infierno (que otros llaman Ciudad de Juárez) en donde ahora mismo nos hallamos. Quizá no seamos los visitantes sino más bien los condenados sin memoria, los hombres huecos, las sombras que repiten sin sentido palabras de una vida que ya no recuerdan.


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inside job(s)

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12:41 p.m.






Ojalá te engañe la música de cierre a todo volumen. Ojalá te engañe esa última sonrisa que parece revelar una carga en la que se mezclan el aprendizaje y el arrepentimiento. Ojalá te engañen ese "Hello" del principio y esa milimétrica imperfección de un ladrillo perfecto. Ojalá te invadan las ganas de aplaudir, ojalá quieras retumbar el piso con los pies, sólo porque sí. Ojalá hagas interminables filas de vigilia como un peregrino a la espera de ingresar a un sanctasanctorum de vidrio templado donde yacen unas reliquias de utilería. Porque sabes que todo esto es el espectáculo de un gran prestidigitador que se hace pasar por mesías. Porque sabes que te ofrecerá la manzana mordisqueada y te hará creer que la ha elegido cómo símbolo inspirado por el mito de Turing. Que te ofrecerá redimirte de la opresión del mercado y te dará una máquina a la que no podrás conectar otra cosa que no sea aquello que él quiera que veas (o escuches, o leas, o consumas). Corre, pequeño lemming, corre sin vértigo hacia ese desfiladero de cartón pintado. Porque él no te engaña, al contrario: te muestra los secretos de sus trucos con ardiente cinismo y tú los aceptas sin chistar como si fueran milagros.
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clásico, demasiado clásico

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9:39 p.m.


http://imgur.com/a/0eZJK




Por dar un ejemplo: en lo que va de esta década, la TV se ha despachado con obras maestras como True Detective, House of Cards, Hannibal, The Knick o Mr. Robot. Mientras tanto, las grandes productoras insisten con sus planes de estrenar remakes y trilogías extendidas. No es de extrañar entonces por qué muchos de los debates que en otro tiempo se encendían en torno a las películas de Fellini, de Bergman, de Scorsese, hayan empezado a migrar hacia los foros de seriéfilos. Y es que, ante este fenómeno de la serie que se reinventa saqueando lo más exquisito del cine (hermosa muestra de la posmodernidad que se alimenta de la posmodernidad), el cine pareciera estar volviéndose cada vez más clásico, demasiado clásico.



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Interstellar o el salto místico

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12:40 p.m.



Extraordinario poster de Edgar Ascensao en: http://edgarascensao.deviantart.com/art/INTERSTELLAR-Variant-2-495610617



Volví a ver Interstellar y comprobé una vez más que las películas de Nolan están hechas para mirarse dos veces. Todo lo que se cuenta antes del viaje (que me había parecido algo secundario) asumió importancia. Y el viaje en sí (que en su momento me había maravillado e incluso mareado con su modelo cuántico) se mostró como la excusa para contar la verdadera historia. En Memento se nos habla de las paradojas de la memoria; en The Prestige, de las de la ilusión; en Inception, de las del sueño. En Interstellar, a primera vista, se nos cuentan las paradojas del tiempo. Sin embargo, una segunda ojeada nos revela un relato más profundo: las paradojas de lo humano. No se salva aquel que intenta sobrevivir por su cuenta sino quien busca salvar a todos. Y no basta con el saber para ser salvado: lo que nutre y hace efectivo ese saber es el amor. El corazón tiene razones que la razón no entiende, parece que nos quisiera decir Nolan esta vez. Y después de Memento, de The Prestige y de Inception -grandiosa trilogía dedicada a la razón- con Interstellar nos propone un salto cuántico que representa, al mismo tiempo, un salto místico.



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el nacimiento de la clínica según Soderbergh

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7:45 p.m.



The Knick es una serie de la que se ha hablado poco. Se la ha comparado mucho (demasiado para mi gusto) con Dr. House. Se ha dicho que es fría, que carece de alma, que sus personajes no poseen mayor profundidad. Y lo cierto es que no comparto nada de esto. Desde el vamos, no es esto lo que se quiere contar. Para mí, la serie aspira a perfilar un estilo: su fotografía refiere con más precisión la época victoriana que los peinados o las lámparas de gas; el uso de la cámara compone una atmósfera que oscila entre el documental amateur y la narrativa en primera persona; la música retrofuturista de Cliff Martinez contrasta tanto (y tan bien) con los pasillos de ese hospital y esos callejones de NY de fines del 1800 que obliga al televidente a reacomodar su sentido histórico frente a ese shock de anacronismo (conviene aclarar que tal anacronismo es falso: la banda sonora emula los sintetizadores de los años 80). Enumerando estos elementos no llego quizá a describir la entera riqueza de esta serie. Pero sí creo que alcanza para demostrar que los cánones de la crítica convencional no sirven para medirla. No se trata meramente de contar una historia, ni desarrollar personajes, ni de contagiar de nobleza al televidente: antes que mostrar, se trata más bien de narrar con la imagen, de jugar a decir con todos los recursos de lo visual. En pocas palabras: de componer pura (y brillante) narrativa visual.

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Noah, Exodus y la carambola nihilista

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5:48 p.m.





Decir que los mitos del cristianismo están agotados no es novedad. Vayan como prueba dos filmes recientes: Noah y Exodus. Los dos procuran reavivar aquellos relatos bíblicos y los dos se desploman bajo el peso de su mala conciencia. No hace falta explicar cuán absurdo es el intento de contar un relato religioso sin la participación de lo divino. Algo parecido se les ocurrió a los griegos y lo que les quedó de su voluptuoso Olimpo fue ese sustituto tan aséptico al que llamaron Razón. Noah y Exodus quieren proponer el mismo juego. Intentan extirpar a Dios de los relatos bíblicos. Pero el resultado es menos provechoso que el de los griegos de la antigüedad: lo que nos queda es ese sustituto, tan de moda en nuestros días, llamado Fanatismo. Despojados de Dios, Noah y Exodus no cuentan más que una retahila de actos descabellados impulsados por fanáticos que, mediante su apasionada elocuencia, consiguieron convencer a otros de seguirlos en su locura. En cierto modo, ambas películas son (sin quererlo) un digno reflejo de nuestra época: no sienten pudor de ubicar a Noé y a Moisés en la misma categoría que Hitler y que Bin Laden. En esto, me parece que les sale el tiro por la culata. Pero, de carambolas, dan en el blanco.





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