lunes 16 de enero de 2012

catarsis




Volví de Corrientes con el alma por el suelo, casi tan desolado como la vez que me vine a vivir a Buenos Aires. A fin de eludir el peor de los insomnios (ese que se sufre en medio de un colectivo lleno de durmientes) me puse a mirar Drive. Y si bien mi tristeza no se disipó al finalizar la película, tuvo al menos un momento de desahogo.

Según Aristóteles, el ciudadano ateniense efectuaba la catarsis en las gradas del anfiteatro. Muchas de las mujeres de nuestra época purgan sus pasiones mediante las telenovelas de la siesta, mientras que sus hombres putean al equipo de sus infartos desde las tribunas de la cancha o las mesas de las hamburgueserías. Cada cual, a lo suyo. Por mi parte, la mejor manera de curar la melancolía es una buena película de cine negro.

No hay mucho que decir sobre el argumento de Drive: se trata de la historia de una venganza. No obstante, sí puedo hablar a favor de la belleza con que se expresa su violencia o la poesía con que se compone, paso a paso, la derrota del protagonista.

Debe ser que el desconsuelo me vuelve hermano de los antihéroes aún sin que comparta su sangre. Igual que, por ejemplo, se vuelven inseparables el despiadado yakuza Aniki Yamamoto y Denny, un transa del Bronx, en Brother. O quizá una búsqueda incesante como la de Spike Spiegel en Cowboy Bebop constituya la metáfora de mis propias incertidumbres. Tampoco puedo dejar de recordar el dulce salvajismo de Kim Soo-hyeon en I saw the devil o el incontenible rencor de Dae-su Oh en Oldboy, ya que ambos supieron sembrar la calma en medio de mis más oscuras tormentas.

Como sea, estos asesinos de corazón inocente, estos ángeles de camino errado, me ayudan siempre a pasar mis malos ratos y a matar las horas que, muchas veces, incuban el insomnio y los regresos.

sábado 31 de diciembre de 2011

Everything's gonna be alright




Mis queridos, se termina el 2011! Se nos va un año impar y -perdónenme que les confiese- soy un poco supersticioso, por lo cual creo que, contra todos los pronósticos, el 2012 será un gran año porque es par.

No estoy con ánimo melancólico como en otras épocas. A decir verdad, me volví mucho más pragmático. Sin embargo, cultivo con devoción esos momentos en los que uno mira hacia atrás (quiero decir: hacia dentro de uno) y comprende que, aunque la lejanía ha aumentado, la inocencia todavía nos mantiene el alma tibia.

Por eso, para despedir el año, elegí este corto de Don Hertzfeldt. Porque me recuerda que se puede trabajar en un call center y, a pesar de ello, seguir sosteniendo la locura hasta la belleza.

Como sea, y tengan o no algo que que ver los números, para este 2012 que se avecina les deseo a todos que pasen el mejor de los años de sus respectivas vidas. Está en ustedes que sus deseos se hagan reales.


domingo 18 de diciembre de 2011

Eudaimonía


 

Estoy en los últimos capítulos de Hard-boiled Wonderland and the End of the World de Murakami. Es un libro extraordinario. Hacía tiempo que no me apasionaba tanto con una novela. 

Para ser más precisos, la última vez que me sentí tan cautivado fue con Bartleby y Cía. a principios de 2008. Y, un poco más atrás, en octubre de 2004 o de 2005, recuerdo haberme devorado el Ensayo sobre la ceguera en menos de una semana.

Momentos como estos son escasos. Creo que son lo más cercano a eso que algunos llaman felicidad.


domingo 4 de diciembre de 2011

por qué terminé por renegar de Spielberg






Spielberg es un director al que respeto mucho pero del que dejé de interesarme hace años. Mi despedida de su filmografía ocurrió el día que fui a ver Saving Private Ryan al Cine Colón, en Corrientes. Aquella vez quedé abrumado por la escena de batalla con que iniciaba, al punto de que sentí en mi propia carne el vértigo del desembarco en Normandía, amenazado cada segundo por las balas rasantes y el estallido de los morteros. Pero aquella impresión duró lo que los 30 minutos de la escena. El resto de la película fue como ir resbalando en un desencanto sin remedio hasta quedarme totalmente encharcado con la escena final.

De hecho, ahora que lo pienso, creo que es por los finales de sus películas que acabé renegando de Spielberg. Lo más triste de descubrir fue cómo sus películas pretendidamente serias o ideológicas apelaban al mismo efecto melodramático que utilizaba en sus películas de entretenimiento. Me resultó demasiado penoso notar cómo el heroico Oscar Schindler dilataba su escape de los aliados, imitando detalle por detalle la interminable despedida del buenazo de E.T. O cómo en A.I. se da el lujo de incorporar dos finales. En efecto, uno podría detener la historia luego de que el niño-androide se precipita al mar. Sin embargo, la película continúa media hora más y, deus ex machina mediante, aparecen unos aliens angelicales que le devuelven al niño-androide la esperanza.

Los antiguos griegos demostraron ya con maestría cómo el recurso del deus ex machina sólo sirve para eximir al héroe de su destino. Por eso es que, lo que en Sófocles es trágico, en Eurípides se torna melodramático. O, comparado con otros directores de su generación –Scorsese, Coppola o su viejo amigo Kubrick–, lo que en ellos se encumbra como pesimismo trágico, en Spielberg acaba convertido en un final feliz digno de Disney.



domingo 20 de noviembre de 2011

think different




En el centro de la fotografia, Steve Wozniak dando el ejemplo.

(Ir a la fuente aquí.)