Solamente nos queda ya el mecanismo del gesto, la repetición de la ceremonia. Doblados por la memoria de una carga que fue ficticia tropezamos en el camino de ascenso con el mismo escarnio inofensivo, la misma burla carente de gracia. Empujados por el aburrimiento nos arrastramos hasta el cadalso. A falta del acicate de un verdugo o de un populacho trepamos de buena gana nuestra cruz desnivelada. Y allí, ya sin nada mejor que hacer, nos abandonamos al bostezo y soñamos con herejías y renegaciones improbables.
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Si hubiese que empezar de algún modo, que sea por el final. Que la muerte se cumpla como un teorema. Y que lo cotidiano sea nuestro manantial de sorpresas y nuestra sal de felicidad. Solo entonces puede que se halle un sentido en lo que habrá de ser por siempre irreversible.
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Yo hubiese querido llamar a lo que nos pasó de esa manera. Nombrarlo por primera vez y guardarlo en secreto igual que un sortilegio: imposible. Viene del pasado y llega de una voz ajena. Y cada vez que uno quiere conjugarlo en presente suena como un idioma bárbaro. Si no hay modo de decir que uno está triste por lo que ha pasado, imagina lo difícil que ha de ser nombrar lo que no pasará nunca.
Me parece triste que un título tan hermoso no me pertenezca. Ojalá lo hubiese tatuado en mi memoria para decírtelo en secreto igual que un sortilegio.
Pero, ¿y la verdad? ¿Qué es tal cosa? ¿Puede acaso algo semejante ser pronunciado? Antes que entretejer una moral, prefiero pensar que nuestras palabras no son más que balbuceos en torno de algo que nunca puede ser nombrado. Y si mentimos, es porque en realidad hablamos de eso que apenas alcanzamos a aludir por aproximación. La mentira, en consecuencia, no es más que una mera cuestión de estética. O dicho de otro modo: arte.
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Tenía unos labios hermosos. Aunque tímidos, los ojos se le dilataban a causa de la pobre luz. Su nariz se abultaba delicadamente lo mismo que su boca. Se inflamaban ambas como las espirales que adornan un mueble muy viejo y muy noble. Ocupó el borde del sillón durante un largo rato hasta que el cansancio consiguió vencerla. Entonces bostezó y muy disimuladamente acudió a recostarse. Hacía ya unos seis meses que no tocaba el violín por una tendinitis. Recuerdo que ni bien hubo entrado halló en el atril la partitura de un Concierto de Mozart. Se acercó para estudiarla mientras reconstruía la música con una mano en el aire. Todavía puedo ver sus dedos deletreando en secreto como las campanillas que sacude una ráfaga no presagiada.
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No sé si ya hemos estado antes. Pero lo cierto es que cada vez que nos encontramos parece que otro tiempo vuelve. Porque trae canciones antiguas, un acento al hablar que no es el de ahora, momentos que de tan lejanos parecen ya casi de otros. Y sin embargo aquí estamos, repitiendo como de memoria el mismo milagro.
No sé si ya hemos estado antes. Pero lo que sí me parece seguro es que no somos de este tiempo. Porque una y otra vez nos escapamos vos y yo para regresar a lo mismo cada vez: aquella primera conversación que aún no se termina, aquel beso inicial que todavía no llega.
No sé si ya hemos estado antes. Pero lo que sí me parece seguro es que no somos de este tiempo. Porque una y otra vez nos escapamos vos y yo para regresar a lo mismo cada vez: aquella primera conversación que aún no se termina, aquel beso inicial que todavía no llega.
por Ud., mi eterna conocida de otras vidas: salud!
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Si algo aprendí de la filosofía es que el mundo no se resuelve en lo cósmico sino en lo insignificante. Incapaces como somos de nombrar lo descomunal, lo aludimos mediante las sobras. Las grandes palabras componen, sin dudas, sumas teológicas. Pero solamente las ruinas entretejen lo místico.
No hay ser ninguno ya que nada está consumado. Tampoco hay nada ya que es esto lo que hay. Lo que hay en consecuencia es un tremendo cúmulo de abortos.
Lo único verdaderamente perfecto es lo que se interrumpe. Aquello que irrumpe y crece no hace más que abundar en lo vano. Contribuye por lo tanto a multiplicar las sobras.
No hay enigma en esto. Lo que hay es simplemente el rostro que aparta la mirada llena de estupor.
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1
Persiguiendo el sendero de ladrillos que elude el invernadero un hombre maduro y una muchacha. De la nada la muchacha se detiene en mitad de una rebanada de sol. Preocupado, el hombre inquiere. La muchacha recoge brevemente el borde del suéter, por un instante le demuestra la aureola roja que le enciende el costado del vientre. El hombre medita, luego insiste. La muchacha procura arremangar el suéter otro poco más arriba que la última vez. El hombre aproxima un dedo para delimitar un contorno posible aunque no se anima a tocar.
2
Tendidas del lado de la sombra dos muchachas. Una de las dos es casi albina y mantiene los ojos apretados: sin dudas es extranjera. La otra murmura un inglés con un acento falso. Por momentos ambas callan. La extranjera sonríe, espera como quien junta coraje a la orilla de una decisión inminente. Pero la resolución queda siempre en suspenso, se desenreda en otra conversación sin sustancia, parece que no va a llegar nunca.
3
Sentados en el banco al borde del camino de ladrillo un matrimonio de ancianos. Se apretujan uno contra otro con la misma ansiedad torpe y temblorosa de dos adolescentes. El viejo deposita flojamente un saco encima de su regazo bajo cuya sombra la anciana se apura a orientar su mano ávida. La anciana recuesta entonces su oreja memoriosa contra el hombro del viejo. Y el viejo por su parte indaga aquí y allá con ojos atemorizados. Mientras que al amparo del saco un tumor prospera y se sacude despacio lo mismo que el embrión de un animal inidentificable.
Persiguiendo el sendero de ladrillos que elude el invernadero un hombre maduro y una muchacha. De la nada la muchacha se detiene en mitad de una rebanada de sol. Preocupado, el hombre inquiere. La muchacha recoge brevemente el borde del suéter, por un instante le demuestra la aureola roja que le enciende el costado del vientre. El hombre medita, luego insiste. La muchacha procura arremangar el suéter otro poco más arriba que la última vez. El hombre aproxima un dedo para delimitar un contorno posible aunque no se anima a tocar.
2
Tendidas del lado de la sombra dos muchachas. Una de las dos es casi albina y mantiene los ojos apretados: sin dudas es extranjera. La otra murmura un inglés con un acento falso. Por momentos ambas callan. La extranjera sonríe, espera como quien junta coraje a la orilla de una decisión inminente. Pero la resolución queda siempre en suspenso, se desenreda en otra conversación sin sustancia, parece que no va a llegar nunca.
3
Sentados en el banco al borde del camino de ladrillo un matrimonio de ancianos. Se apretujan uno contra otro con la misma ansiedad torpe y temblorosa de dos adolescentes. El viejo deposita flojamente un saco encima de su regazo bajo cuya sombra la anciana se apura a orientar su mano ávida. La anciana recuesta entonces su oreja memoriosa contra el hombro del viejo. Y el viejo por su parte indaga aquí y allá con ojos atemorizados. Mientras que al amparo del saco un tumor prospera y se sacude despacio lo mismo que el embrión de un animal inidentificable.
Si me quedara todavía algúna inclinación religiosa podría adherir solamente a un culto que inciara en el misterio de una fuerza no humana, despojada de rostro. Ya que lo humano o aquello que asume un molde humano a la larga se vuelve pernicioso. Contra ello prefiero la fuerza ciega, anónima, involuntaria. Ese poderío implacable con que las pestes, el fuego, los temporales o la muerte manifiestan su milagro. Si aún supiera cómo, yo sólo rendiría homenaje a lo fatal. Porque únicamente de lo fatal cabe decir sin error que es propicio. Toda voluntad por el contrario -incluso la más elevada que se imagine- nunca puede ser favorable ya que está obligada a ser justa.
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